En muchos ámbitos profesionales, estar hasta las tantas en la oficina suele ser interpretado como síntoma de rigor y dedicación. Tan es así que muchos presumen de ello, corresponda o no a horas efectivas de dedicación. Y son mayoría las empresas y centros de trabajo, tanto públicos como privados, en los que la permanencia en el puesto constituye la principal medida de desempeño, si no la única a la que se dedica aprecio y atención. Es dudoso, sin embargo, que nada de eso sea eficaz.
Un reciente documento del Círculo de Empresarios revela que España es uno de los países de la OCDE con horario de trabajo más dilatado: una media de 1.774 horas al año, sólo superada por Grecia, República Checa y Hungría, dentro de la Unión Europea (UE), por encima de las 1.357 de Holanda, aunque lejos de las 2.423 de Corea del Sur. El mismo informe indica, en cambio, que la productividad por hora española está entre las más bajas del área, con un aprovechamiento estimado en apenas el 61 por ciento. Quiere decir, en esencia, que “estamos” mucho, pero “trabajamos” menos o peor. Da que pensar.
Dejando aparte el ingrediente comparativo, un año normal cuenta con un total de 8.760 horas, lo que –descontando siete diarias de sueño- significa que dedicamos al plano laboral casi el 30 por ciento del total. ¿Mucho? ¿Poco? ¿Demasiado…? Cualquier respuesta será tan respetable como discutible, pero conducirá a estimular nuevos esquemas capaces de propiciar una mayor conciliación entre las vidas laboral y personal. Porque tan evidente como el porcentaje apuntado, es que hay que añadir el tiempo que el presente impone en materia de desplazamientos, cobertura de necesidades básicas y demás… hasta llegar al que resta para ocuparlo en cuidar las relaciones personales, sociales o familiares, el ocio y demás aspectos de libérrima elección.
Hacer compatible el desempeño laboral con el resto figura como objetivo en todos los programas políticos de los últimos años, lo que induce a presumir que, antes o después, dará lugar a algún tipo de legislación. La que se elija será buena o mala, mejor o peor, pero en ningún caso será suficiente y resultará tanto menos efectiva cuanto más rígida se articule o, por decirlo de otro modo, dependiendo de que se trate de solventar con criterios de generalidad.
No todo depende de normas que se puedan dictar. De una parte, es básico un cambio de filosofía que migre de la obsesiva medición de la presencia a priorizar la evaluación del desempeño efectivo, la eficiencia y el cumplimiento de la tarea asignada. Algo que, sin duda, resulta más fácil en unos casos que en otros, dependiendo de cuestiones como el sector de que se trate, el tamaño de la empresa y las características de la función. Quiere decir, entre otras cosas, que será difícil, o si se prefiere inconveniente, actuar de forma genérica: precisará un planteamiento casi individualizado, lo que a su vez requerirá cambios drásticos de las fórmulas de contratación y negociación colectiva todavía mayoritarias en el ámbito laboral.
También es indudable la incidencia de algunas particularidades de nuestra sociedad: entre otras, el hábito combinado de desayunar en horario de trabajo, dilatar de modo considerable el almuerzo, la proliferación de “puentes”, los horarios comerciales y escolares, o el persistente planteamiento de servicios conforme al viejo esquema de amas de casa presentes de modo permanente en el hogar.
Sin ánimo de profundizar ni detallar en demasía, la introducción de las nuevas tecnologías abre un abanico muy amplio de opciones para avanzar en el camino de la conciliación laboral-personal. La del teletrabajo es la más obvia, pero no la única: son muchas las potencialmente disponibles, para lo que es clave avanzar decididamente en todo lo relacionado con la bien o mal llamada sociedad de la información.
El gran peligro que gravita sobre todo lo apuntado es que se entienda como simple medio de recortar jornada, sin ir más allá. El desafío es, en cambio, propiciar que la mayor conciliación que se patrocina actúe como factor contributivo a la urgente, perentoria y necesaria mejora de la productividad. En una palabra, el objetivo deberá configurarse para lograr “estar” menos, pero “trabajar” más y sobre todo mejor.